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Los pájaros del mismo plumaje vuelan juntos. De otra manera: los matrimonios entre iguales preservan los patrimonios colosales. Cierto determinismo social inclina a los ricos herederos a obedecer las leyes del amor y del azar sin violentar las normas venerables de su tribu, que prescriben casarse entre sí. Los que van a heredar se tratan desde nios, el poder de atracción de lo similar se fomenta primero en ‘kindergartens’ y ‘colleges’, y después en clubes exclusivos para los cachorros de la ‘high society’. Así se vacunan de la movilidad social.

Los Rothschild eran tan endogámicos que de los 18 casamientos apaados entre los nietos del fundador de la dinastía, Mayer Amschel, 16 fueron entre primos hermanos. El barón Edmond de Rothschild y su prima Ada, por ejemplo, se casaron el 24 de octubre de 1877 y fueron felices y comieron perdices en el Faubourg Saint Honoré, en su chteau de Boulogne sur Seine y en sus posesiones de Armainvilliers.

Pero la suma de patrimonios no asegura el júbilo. El magnate Isaac Merritt Singer casó a Winnaretta, la número 18 de sus 22 hijos, con el príncipe Louis Vilfred de Scey Montbéliard, heredero de una sarmentosa familia del Franco Condado. En su noche de bodas, cuando el flamante marido entró en la cámara nupcial, encontró a su princesa encaramada a lo alto de un armario con una sombrilla en la mano y advirtiéndole a gritos: “Si me tocas, te mataré”. Quien lo decía era una riquísima heredera de 22 aos nacida en The Castle, la suntuosa mansión de la familia cercana a Nueva York.

Pobres nios ricos

A la pobre nia rica Florette Seligman tampoco le duró la felicidad. El 25 de octubre de 1894, Delmonico fue el escenario de la boda más ‘posh’ de la temporada neoyorquina, la de Florette con Benjamin Guggenheim. Ella era hija del banquero James Seligman; él, vástago de Meyer Guggenheim, otro de los ‘happy few’ y uno de los miembros principales de ‘The Four Hundred’, así llamados porque 400 eran las personas que cabían en el salón de baile de Brooke Astor, la reina de Nueva York. Pocas veces los salones de Delmonico habían sido tan generosamente decorados. La pareja se instaló en un palacio de la Quinta Avenida, a dos pasos de los Rockefeller. Tuvieron una nia llamada Peggy Guggenheim; pero papá Benjamin, convertido en un ‘play boy’ sin fronteras, murió en el hundimiento del Titanic y solo dejó deudas.

De chiripa se salvó de aquel naufragio John Pierpont Morgan, que tenía pasaje pero canceló el viaje en el último minuto. Nacido en una familia obscenamente rica, cenaba con reyes y se dejaba ver con hermosas mujeres en Aix les Bains. Uno de los miembros de su exclusivo club de ricos muy ricos del mundo cerrado del ‘old money’ era Jonathan Sturges, cuya hija Amelia aka Memie , otro retoo de la ‘upper upper class’, casó con Pierpont. Viajaron al Mediterráneo para una luna de miel terapéutica, porque la novia tosía y tosía. Murió de tuberculosis solo cuatro meses después. El dinero no les evitó la desgracia. Como no lo hizo con los protagonistas de ‘La edad de la inocencia’, la novela de Edith Wharton que refleja los cortejos endogámicos de la plutocracia neoyorquina de aquellos aos.

A las herederas de los multimillonarios estadounidenses del XIX les esperaba un destino nobiliario: el matrimonio con un aristócrata británico con problemas de liquidez. Hombres como Cornelius Vanderbilt, que hizo fortuna con los ferrocarriles, nadaban en dinero, a diferencia de la ‘gentry’ inglesa que, aunque rica en tierras, no andaba sobrada de efectivo. Más de cien herederas norteamericanas intercambiaron sus fortunas por los títulos británicos, entre ellas Consuelo Vanderbilt.

Bisnieta de Cornelius ‘Commodore’ Vanderbilt, a Consuelo le auguraban una boda de princesa, por eso la educó una legión de preceptores, aprendió idiomas y usaba una barra de acero en la espalda para mejorar su apostura. Era una monada y su madre celestina le arregló el enlace con el noveno duque de Marlborough, Charles Spencer Churchill, de mucho abolengo y poco ‘cash flow’. La boda, en 1895, fue un acontecimiento mediático cuyo equivalente más cercano sería que el príncipe Harry se casara con Paris Hilton. Se necesitaron tres centenares de policías para contener a la muchedumbre desesperada por echar un vistazo a la novia, que llevaba orquídeas cultivadas en los invernaderos de Blenheim Palace. Nunca hubo amor, pero Consuelo cumplió con su deber y produjo dos hijos: un heredero y un repuesto.

Fue la más famosa de las princesas dólar, pero no la única. Solo en 1895, nueve herederas norteamericanas se casaron con aristócratas ingleses y dieron a la Cámara de los Lores una conexión transatlántica. Jennie Jerome, hija de un empresario inmobiliario de Nueva York, elevó su estatus considerablemente cuando se casó con lord Randolph Churchill, el hermano del duque de Marlborough. Se convirtió en una de las mujeres más famosas de Gran Bretaa porque fue amante del príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII, y madre de Winston Churchill. A Maud Alice Burke su familia esperaba casarla con el príncipe André Poniatowski,
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nieto del último rey de Polonia, pero él la dejó plantada y en abril de 1895 dijo sí quiero a sir Bache Cunard, nieto del fundador de la compaía naviera homónima.

Mary Leiter, la hija del propietario de unos grandes almacenes de Chicago, tenía una dote equivalente a 70 millones de euros, cosa que no dejó indiferente a lord Curzon, que debía mantener Kedleston Hall, el palacio privado más grande de Inglaterra. Cuando a Curzon lo hicieron virrey de la India, papá Leiter confirmó que había acertado con el yerno. A este lo sucedió como inquilino en la Viceroy’s House de Nueva Delhi un bisnieto de la reina Victoria, lord Mountbatten, que casó con otra rica heredera, británica esta vez: la excéntrica Edwina Ashley.

A las millonarias americanas las veían en el continente como criaturas extraas con modales de un piel roja. Aquellas bodas dejaban muy contentas a las madres de las novias, que consumaban sus ambiciones sociales; pero ellas pagaron con frecuencia un alto precio por su título. A menudo se encontraban aisladas en grandes mansiones con chimeneas que poco calentaban y horror de los horrores sin baos. Cornelia Martin, que se casó con el conde de Craven, se quejó de que no podía estar desnuda ni en la cama, y Mildred Sherman, que se convirtió en lady Camoys, renunció a ir a cenar a casas de campo por no soportar las temperaturas árticas en tenue de ‘soirée’. Pero aquellas bodas transatlánticas produjeron dos de los británicos más famosos del siglo XX: Winston Churchill y Lady Di.

De los aristócratas a las ‘celebrities’

Eran los tiempos de Downton Abbey y los blasones británicos despertaron tanto furor entre las americanas ricas que nació toda una industria para atender sus necesidades, incluyendo casamenteros profesionales o la publicación trimestral de Titled American, que contenía un registro de los solteros de rango. Después de la I Guerra Mundial todo cambió, y en la década de 1940 herederas como Barbara Hutton rechazaron las herrumbrosas lanzas aristocráticas en favor de estrellas de cine como Cary Grant. Los títulos habían empezado a perder ‘sex appeal’ frente al empuje de las ‘celebrities’.

Grace Kelly era una de ellas, además de hija de Margaret Majer, aristócrata con raíces alemanas, y Jack Kelly, un ‘play boy’ millonario desbordante de carisma y magnetismo viril. A Grace la educaron como a una princesa y lo fue de veras cuando se casó con Rainier Louis Henri Maxence Bertrand Grimaldi. La novia ignoraba que el amor de los príncipes lo urden sus consejeros y que la idea de la boda fue de Onassis, que sugirió a su socio Rainiero casarse con una ‘star’ de Hollywood para que las miradas se fijaran en Mónaco, 150 hectáreas de tierra de piratas asomada a la baera de Ulises, el griego que cuando el mundo era más joven se casó con otra rica heredera. Hay cosas que no cambian.

La vida es fácil si tus padres tienen millones, y más si sumas tu herencia colosal a otra energuménica. Es el caso de los hijos de magnates, estrellas del rock o gobernantes de imperios que se casan entre sí. Cuando en 2011 Lauren Bush se casó con David Lauren convirtió su nombre en capicúa y pasó a llamarse Lauren Bush Lauren. Aquel día, en el rancho familiar de 17.000 hectáreas de Ridgway (Colorado), la novia llevaba un vestido diseado por el padre del novio, Ralph Lauren. Sobrina y nieta de los dos presidentes Bush, quería casarse con ‘rústica elegancia’, y lo hizo con un estilo ‘vintage’ que evocaba una bella película del Oeste.

Las ‘liaisons hereuses’ no tienen fronteras. En Espaa esos enlaces son contumaces. El primer día del otoo de 2001 el mundo financiero se dio cita en Oviedo para la boda de Juan March de Lastra y María Herrero Pidal. l, heredero del imperio March; ella, hija del biznieto del fundador del Banco Herrero. Los 500 invitados se trasladaron al Palacio de Meres, donde tuvo lugar un banquete que convocó a Florentino Pérez, Jesús de Polanco, Emilio Ybarra, Alfonso Cortina, Tomás Terry, Marisa de Borbón, Enrique Sarasola e tutti quanti.

Entre ellos, Juan Abelló y Ana Gamazo Hohenlohe, que el ao anterior habían casado a su hijo mayor, Juan Claudio, con Marta lvarez, hijastra de Isidoro lvarez y una de las herederas de El Corte Inglés. El entonces Príncipe Felipe y los Duques de Lugo actuaron como testigos y el banquete, servido por Jockey, se celebró en la finca Las Jarillas.

A Esther Alcocer Koplowitz le tallaron el carácter en el colegio Orvalle, un centro del Opus Dei solo para seoritas. En agosto de 1993, se casó con uno de sus pares: Pablo Santos Tejedor, cuya familia cántabra era propietaria de la constructora Santos y de un centón de hoteles.
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