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El caso es que Ralph Lauren ha decidido hacerse a un lado y retirarse parcialmente del mundo de la moda, al menos como CEO de su propia compaía, la de los polos para nios pijos, cediéndole el mando a Stefan Larrson, un antiguo ejecutivo de H y presidente de Old Navy.

Algunos perciben el movimiento como una forma de recuperar la confianza de los accionistas en los títulos de la marca, que han perdido casi la mitad de su valor en el transcurso de 2015. También es una forma de recurrir a un socio estable que le pueda dar un nuevo giro a su sello, imitando la fórmula de otras compaías que han tenido mucho éxito con dos cabezas fuertes al frente como Yves Saint Laurent y Pierre Bergé, o Valentino y Giancarlo Giammetti.

En este caso, Larrson tomará la riendas de la empresa pero le seguirá reportando a Lauren, como una especie de “sociedad”. Por eso, el mítico diseador asegura que no siente la decisión como una retirada, sino como un paso adelante con menos presión sobre sus espaldas.

La jugada la toma a los 75 aos y con una fortuna personal estimada en unos 8.000 millones de dólares (7.200 millones de euros), todo un sueo para el producto de una familia humilde de El Bronx, hijo de emigrantes judíos de Bielorrusia. Ya en clase le vendía corbatas a sus compaeros, seal de lo que estaba por venir, su deseo de convertirse en millonario.

En 80 paísesHoy, su imperio de ropa, pese a haber perdido algo de fuelle,
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tiene presencia en 80 países y emplea a más de 23.000 personas, con unos ingresos que el ao pasado alcanzaron los 7.600 millones de dólares (unos 6.800 millones de euros). Su ropa aún está asociada con la clase alta, con un estilo clásico y elegante que con el tiempo se ha ido abriendo a las masas con precios hasta cierto punto asequibles, al menos en Estados Unidos.

Ahora podrá tener más tiempo para disfrutar de su familia, casado con la misma mujer desde 1964, Ricky Anne Loew Beer, con la que tiene tres hijos. El mayor, Andrew, es un actor y productor de cine, David es uno de los vicepresidentes de la firma de su padre, y Dylan es dueo de Dylan’s Candy Bar, uno de las mayores tiendas de caramelos del mundo, con sede en Nueva York.

Atrás han quedado los problemas con el cáncer, aquejado de un tumor cerebral en 1987 que superó con éxito. Le quedan además su impresionante colección de coches, algunos de ellos únicos, y sus ganas de seguir con causas filantrópicas, muy volcado especialmente en la lucha contra el cáncer. La vida, ahora que parece estarse tomando las cosas con más calma en el ámbito empresarial,
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no ha dejado nunca de sonreirle.