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Sus costumbres no han variado apenas en los últimos 50 aos. Antes, en verano, iba más a Castellón y a su casa medieval de Gandesa. Ultimamente prefiere quedarse en Marbella. Fue de los pioneros en llegar al benigno microclima de aquel puerto de marineros que siglos atrás fue bastión nazarí, puerto de amarre para la flota de los benimerines y hoy atrae variopintas hordas de muy distinto jaez. Casi a diario, baja a una playa recoleta donde ya le conocen, con su mercedes negro de cortinillas blancas, como es de ley en quien fue todopoderoso ministro. Su casa es un prodigio de equilibrio. Un lugar suficientemente alejado del barullo de Puerto Banús, donde permanece intacta la mano experta y exquisita de su mujer, Zita Polo.

La compramos a un antiguo embajador inglés, porque el sitio nos parecía agradable y tranquilo. Y ya ve la que se ha armado allá abajo.

También se le puede ver en un twingo violeta, en donde entra con sombrero y todo. Serrano fue siempre un hombre de contrastes. Encantador y cascarrabias. Orgulloso aunque asequible. Ingenioso y locuaz, pero celoso de su intimidad y cultivador de un apartamiento que empezó allá en 1937, recién llegado a Salamanca, cuando supo que sus hermanos habían sido asesinados en Madrid. Desde entonces nunca ha abandonado la corbata negra.

Me dediqué a la política por convicción, pero también como tributo a mis hermanos queridísimos. Su muerte fue tan traumática para mí que quedé como despersonalizado. Si durante la guerra puse los cimientos del Estado donde sólo había un campamento militar, fue también porque necesitaba estar ocupado las 24 horas del día.

Ahora se levanta tarde porque le cuesta conciliar el sueo. En su casa de Madrid iría después a la biblioteca. Allí, en su sillón especial, aún contesta cartas, subraya párrafos de libros o revistas y responde al teléfono. Pero como es verano, pide que le saquen al jardín a tomar sus baos de sol. Luego, a la sombra del inmenso olivo que reina en el césped, deja caer el periódico y dormita ajeno al trasiego de la actualidad. O navega por las brumas del pasado con el potente disco duro de su mente. l ya lo había demostrado siendo aún muy joven, cuando quiso ser abogado en vez de ingeniero, como se esperaba de los varones de su familia.

Mi padre era un hombre bastante severo, que a raíz de la muerte de mi madre se hizo casi franciscano. Cuando le dije que quería ser abogado se alarmó. Pensaba que era una profesión a sueldo de estafadores y delincuentes, ya ve. Para convencerle tuve que prometer que me esforzaría en sacar las mejores calificaciones.

Y lo cumplió. Matrícula de honor en todas las asignaturas. Allí, en el Viejo Caserón universitario de la calle Atocha, se hizo amigo de otro joven, rebotado de ingeniería, que también prefirió ser abogado. José Antonio Primo de Rivera. Con él empezó la lucha política, en la Asociación de Estudiantes Profesionales.

Yo no me afilié a la Falange, porque no me sentía suficientemente revolucionario. Así se lo dije a José. La lealtad es primordial en esta vida llena de traiciones.

Los recuerdos van y vienen hasta que anuncian la comida siempre pescado, jamás carne . Sentado frente al ventanal del comedor, toma su postre de melocotones mojados en vino mirando absorto el jardín, mientras explica al visitante que esos cipreses que bordean la pequea acequia, los chorros de agua y la fuente central, islámica del siglo XI, son una reproducción exacta del Generalife de Granada, el generalifito que construyó con su mujer junto a un jardín de granados, aguacates, nísperos y enormes palmeras.

Pregunta con cario especial si vendrá a cenar Fernando, el hijo que siempre le ha acompaado y que durante aos dejaba la embajada en Londres los viernes a mediodía para cuidar a su madre hasta el lunes por la maana.

Yo ya salgo poco, dice con acento mundano. La verdad es que encuentro todo bastante vulgar, con escaso interés.

Ha sorbido su taza de café dulce y se enciende un purito. El Rey del Mundo, una marca que le trae siempre Fernando. Nunca ha dormido la siesta.

Esta tarde iremos a la playa. Hace un día espléndido.

A la gente le intriga el caballero que baja hasta la arena con pantalón de verano y abrigada chaquetilla de cashmere, ayudado por el chófer. Muchos miran, la mayoría debe de saber quién es y el que no, lo pregunta. Lo han visto acudir al mismo lugar ao tras ao, cada vez más despacio. Hace sólo cuatro, cuando apenas caminaba solo y tenía ya 96 aos, se empeó en montar en una de aquellas motos náuticas que veía pasar por constantemente.

A mí siempre me ha gustado la velocidad.

Y las féminas, podría aadir. Porque hay que ver cómo estaba la monitora con la que montó. Siempre cortejó a las damas y se dejó cortejar por ellas. El bello estuche que fue en sus aos jóvenes, elegante y delicado,
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encerraba un carácter férreo, un hombre de voluntad que tomó con decisión las riendas del poder. También un hábil conversador que sabía tratar, y atraer, a las mujeres hermosas.

Pero el tiempo es despojamiento y la vida, lenta retirada. Traspasado el umbral de la edad augusta, continúa en el mundo como una lejana evocación de sí mismo. Ya no se acerca al agua del mar y ni siquiera baja todos los días a la playa. A menudo se queda en casa, reposando, o guardando cama por algún catarro veraniego. Los médicos que le atienden coinciden en lo mismo, tiene una salud de hierro, todos los órganos en perfecto estado. Aunque cuando se le pregunta cómo está, siempre dice que mal. Como le cuesta escuchar, no recibe tantas visitas como de costumbre.

En medio de mi trabajo, que fue mucho, y lo puede usted comprobar en los dos volúmenes de Recursos de Casación que he publicado, yo siempre he procurado atender bien a mi clientela.

Lo dice con sorna. Haciendo una metáfora de abogado, con modestia cortés, hacia el tropel de historiadores, periodistas, personas que sienten admiración o desean conocerlo, pues saben que es un personaje excepcional.

Es lo menos que podía hacer por la gente que sin dejarse arrastrar por la apariencia, acudían a mí para conocer mi verdad. Yo he sido víctima de la propaganda, tanto de los franquistas como de los antifranquistas. Por eso titulé así mis memorias.

Entre el silencio y la propaganda.

Fue difícil el equilibrio. Cuando dejé el poder, tenía que rechazar los intentos de quienes querían aprovechar mi proximidad familiar a Franco. Siendo abogado, rivalicé con el bufete de Garrigues, pero no por la calidad de nuestros clientes, que era similar, sino porque yo me negaba a traspasar la frontera de las seis cifras en las minutas y me gustaba seguir minuciosamente todo el proceso de cada causa, con mis pasantes. Como cuando recusé a los 16 magistrados de la Sala en el caso Barcelona Traction, que fue un escándalo.

Equilibrio, sí. Para conservar la amistad de Dionisio Ridruejo, el más contumaz de los opositores al régimen. Dejar vacante su puesto en las Cortes o el Consejo de Estado, en una silenciosa pero tajante protesta, y salir inmune. Sólo Franco conoció aquella carta en el ao 45, cuando pedía un gobierno de concentración, adelantándose así al modelo de la Transición. A medida que se acerca la fecha de su aniversario, repasa lo mejor y peor que ha trasegado, como una lista que tuviera que entregar ante notario.

Recuerdo el abrazo de mi madre al morir, cuando dijo que se iba de viaje. Con él quiero dejar este mundo. También el día que José Antonio me abordó, en la Universidad, para pedirme unos apuntes, y el último que le vi tras las rejas de la cárcel. En los dos estuvo muy digno, pero parecía desvalido. Recuerdo, con horror, las semanas en la Modelo y los feroces asesinatos. La emoción al oír cantar a los legionarios en la Basílica de San Pedro ante Pío XII, cuando por primera vez desde el saco di Roma unas botas militares espaolas pisaban el Vaticano. El desasosiego que sentí durante el desfile nazi de Nremberg, el alivio inmenso cuando el Fhrer dijo está bien Serrano, está bien, al argumentarle que Espaa no podía apoyarle en la II Guerra Mundial. Me acuerdo con pesar del día que Franco me dijo tengo que sustituirte por su frialdad. También del día que fundé la ONCE para que los ciegos dejaran de pedir a la puerta de las iglesias, sin imaginar lo que vendría después. Y cuando creé EFE, porque Espaa debía tener una agencia propia como las grandes naciones europeas. Recuerdo mucho los paseos con Azorín por el Retiro, para dar los cien pasos. La vida ha sido dura, pero créame, ha merecido la pena
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