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Estados Unidos es incapaz de curarse de una enfermedad que arrastra casi desde su existencia y que ya caus una guerra civil, el asesinato de Martin Luther King y que explicar el de Donald Trump en la carrera presencial republicana. Se trata del miedo a adaptarse a la realidad cambiante y cuyo s principal es la reacci virulenta del que lo padece.

Los afectados por dicha enfermedad suelen ser los de siempre: miembros de esa mayor blanca y cristiana que no soportan la idea de que est a punto de ser una minor m y se sienten guardianes de una naci condenada a desaparecer por el peso del multiculturalismo, mayor en Estados Unidos que en ning otro lado del planeta. La consecuencia la estamos viendo: el vecino del norte sigue enfrascado, en pleno siglo XXI, en una batalla entre la tradici y la modernidad, como, por cierto, ocurre de forma asombrosamente similar en la naci que considera su n Ir donde los ayatol conservadores luchan contra el presidente moderado Has Rohan que fue votado de forma abrumadora por una juventud cansada de la estricta moral que les imponen los de la revoluci isl el caso estadunidense, una mayor progresista y multirracial, cansada de la ret belicista e imperialista del gobernante saliente, George W. Bush, eligi dos veces al dem Barack Obama. Sin embargo, otro n muy alto de estadunidenses, votantes todos de un Partido Republicano cada vez m abiertamente de extrema derecha, a no han superado, ocho a despu el de tener un presidente y negro Esta es la causa m profunda que explica que, hace un a un adolescente blanco, Dylann Roof, abriese fuego a sangre fr contra negros que rezaban en una iglesia en Carolina del Sur, matando a nueve, o que la mayor republicana de la asamblea estatal de Tennessee votase convertir a la Biblia en el libro oficial del estado, una locura teocr que apoya el fundamentalista y aspirante presidencial republicano Ted Cruz, pero que afortunadamente vet ayer el gobernador del estado.

El salpullido de esta enfermedad, que est dividiendo a la sociedad estadunidense como no se ve desde la lucha contra la segregaci racial en la d de los sesenta, sali hace un mes en Carolina del Norte, cuando la asamblea local de Charlotte aprob una ley con aroma fascista: la prohibici a los transexuales de entrar en ba que no correspondan al sexo con el que nacieron, una iniciativa que sigui a la firmada d antes en Mississippi, que autorizaba a cualquier persona con negocio a negarle el servicio a un homosexual, alegando que su religi le imped atenderle.

El gobernador de Carolina del Norte,
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Pat McCroy, firm la ley HB2, sin sospechar que se trataba de la gota que colm la paciencia de quienes entienden que el futuro de esa gran naci s ser posible si se adapta, de una vez por todas, a una realidad que ya acept sin problemas el Partido Dem y que las minor hispanos y homosexuales agradecen con un voto masivo, el que ayud a ganar a Obama y el que podr llevar a Hillary Clinton a convertirse en noviembre en la primera mujer presidenta de la historia de EU.

quieren guerra, la tendr y as fue. Ayer mismo, el brit Ringo Starr se sum a la campa que inici Bruce Springteen contra Carolina del Norte, donde cancel conciertos y no volver a tocar all mientras esa ley no sea retirada. Pero m grave a es el boicot empresarial. La empresa de pagos en l Paypal anunci que suspende la construcci de un gran centro de operaciones en Charlotte, que habr generado m de 400 empleos a los ciudadanos. Google tambi anunci que paraliza inversiones en ese estado, mientras no se retire la ley HB2. Varios estudios de televisi y cine, como Miramax, 21st Century Fox y Lionsgate Home Entertainment, confirmaron que reubicar sus grabaciones en Carolina del Norte en otros estados, con el consiguiente perjuicio de dinero y empleos perdidos.

Compa como Starbucks, Wells Fargo, eBay, Citibank, Hilton, American Airlines, Hewlett Packard, IBM, Hyatt y Ralph Lauren, han condenado tambi la ley y estudian c combatirla; pero el s de la rebeli del mundo empresarial contra esta deriva republicana es Pepsico, el gigante mundial de las bebidas que se fund precisamente en Carolina del Norte y que ha mostrado su desconcierto ante una ley que dice estar contra los principios de igualdad de sus trabajadores.

Qui sabe, lo que no han logrado frenar los activistas quiz lo consigan las multinacionales. Veremos a qu son m fieles los republicanos, si a la actual deriva fundamentalista, que apoya con entusiasmo el Tea Party,
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o al dinero que amenazan con tirar esas multinacionales por esos pol retretes de Carolina del Norte.